VIAJE A LA NAVARRA FLAMENCA

VIAJE A LA NAVARRA FLAMENCA

 

Joaquín Albaicín. Foto de Carles Mercader Fullquet JOAQUÍN ALBAICÍN[1]

  La copla: “Que bien te sienta la gorra,/ navarrico, navarrico” representa sólo un ínfimo ejemplo del ascendente más que zodiacal ejercido por la jota sobre el cante por alegrías. Suele olvidarse –y se siente uno un punto incómodo habiendo de recordarlo a estas alturas- que, allá donde hay gitanos, emerge y se perpetúa el flamenco, pues no es éste sino, ante todo, una de las principales expresiones de nuestra cultura tradicional y Navarra no podía ser –ni nunca ha sido- una excepción en tal sentido. A nadie debería extrañar, pues, que Sabicas se erigiera en uno de los puntales de la guitarra flamenca, cuyo devenir resulta incomprensible sin sus aportaciones y las del madrileño Ramón Montoya. El Festival Flamenco On Fire, que bajo la dirección de Miguel Morán va, sin duda, a convertirse en la cita honda de mayor calibre de todo el norte no hace, por tanto, sino propiciar el aflorar de una vida artística y dar respuesta a las demandas de una afición presentes en la realidad navarra desde siempre y que se vieron revitalizadas en especial a partir de los fastos con que fue celebrado en 2012 el centenario de Sabicas y de los que nacieron el documental El fabuloso Sabicas, dirigido por Pablo Calatayud, y el festival Sabikerando del Ayuntamiento de Pamplona, que tuvo como primeros protagonistas al tocaor Javier Conde y el cante de Piculabe y cuya estrella será este año Duquende.

En Pamplona capital conviven, pues, como en otros lugares, el flamenco de tradición y raíz, encarnado en las familias gitanas de la zona, y el adquirido mediante el aprendizaje formal, que empieza a extenderse tras la apertura de academias de baile por ex alumnas que, tras pasar por las manos de Cristina Álvarez, directora de la Escuela de Danza del Gobierno de Navarra, se inclinaron por ser bailaoras antes que bailarinas. Es el caso de Sandra Gallardo, que abrió brecha en ese sentido. El de Juncal Sola, cuya academia-tablao ha sido en los últimos años el espacio flamenco por excelencia en la ciudad. El de Eva La Lagartija, hija del constructor de guitarras Pedro González, y de su academia Cuarto de los Corralillos, que dirige junto al guitarrista El Piti y Miguel Jiménez a la vera del río Arga. Y también el de María Legardo, que regenta la academia abierta por la Casa de Andalucía de Berriozar junto a Ángel Okray (en caló: “el rey”), baladista de alma y sensibilidad flamencas cuyo segundo disco –algunos de cuyos temas presentará en Sabikerando– está produciendo el guitarrista de San Adrián Jesús Carbonell.

Ángel Okray, nos cuentan, fue en su día uno de los impulsores del cuidado y exitoso montaje teatral Nevo Drom, cuya partitura corrió a cargo de Carbonell y en el que participaron bastantes de los principales artistas del enclave y, en el presente, se muestra muy activo en la organización de veladas de flamenco festero muy fronterizo con el pop y orientado hacia un público juvenil (con artistas como José El Francés, Chonchi Heredia o Nino Vargas) y también “resucitando” a curtidísimos veteranos de la canción flamenca como Los Calis o Junco.

En el antedicho marco del flamenco académico resulta ineludible mencionar a dos raras avis: los hermanos Ekhi y Urko Ocaña, cuyo descubrimiento del género aconteció al recibir el primero la encomienda de musicar algunos versos de Lorca. Ekhi es flautista y profesor de Historia de la Música en la Universidad de Navarra. Urko, guitarrista y director de un centro cultural. Hace ya quince años que fundaron Zorongo, una formación ecléctica –en el sentido de que abordan diversos estilos musicales- pero focalizada de modo especial hacia el flamenco y en cuyo último disco colaboró Jorge Pardo. Uno de sus trabajos más interesantes les vino inspirado por un estudio sobre las diferentes músicas que, a lo largo de la historia, jalonaron el paso de los peregrinos por el Camino de Santiago. Ekhi comanda además y desde hace siete años, en la Universidad de Navarra, el seminario Pensar el Flamenco.

En tiempos, la voz de referencia en Zorongo fue Pedro Juan Jiménez Lele. A buscarlo voy con Ricardo Hernández, coordinador de la Federación de Asociaciones Gitanas Gaz Kaló (Pueblo Gitano) tras comer en el Iruña, a tiro de piedra de La Perla, donde se alojaran –e imagino que aún pernoctan- las luminarias del toreo y me pregunto si vivirá todavía algún aficionado –inevitablemente, nonagenario- de los que, el día en que mi abuelo Rafael se presentó en Pamplona para cortar cuatro orejas y dos rabos, le vieron, ya vestido de luces y antes de salir hacia la plaza, tomar asiento al piano del vestíbulo del hotel para interpretar a Chopin. ¿Quedará alguno?

Nos encontramos con Lele en una terraza de la Plaza de Sabicas. Tío de Ángel Okray, Lele es, con ya cinco lustros de carrera a las espaldas, uno de los puntales señeros del flamenco en Navarra y, quizá, el cantaor para el baile más antiguo de cuantos se encuentran en activo en la zona. Nació hace cuarenta y siete años en un pueblecito al lado de Olite, en cuyo castillo residía Blanca de Navarra cuando en 1435 llegaron al Reino y al pie de sus murallas los primeros gitanos. Flamenco de raigambre, brote de una familia entre cuyos miembros –sobre todo, por el lado materno- ha habido siempre buenos exponentes –si bien no profesionales- del cante, el toque y el baile, ni a él ni a su hermano, el también cantaor Alfonso El Indio, admirado por el salvaje brillo de su garganta, les ha faltado nunca trabajo en la región, tanto en los festivales como en eventos privados, como los que se montaban en la arrocería Sobremesa, regentada en tiempos por Carlos Sola –íntimo de Enrique Morente y criado en Granada con los Habichuela y otros flamencos de prosapia- y Karmele Torres, hoy chef y gerente –respectivamente- del lujoso Hotel Muga de Beloso, que acogerá en agosto a los artistas de Flamenco On Fire. Camaronero confeso, Lele es devoto admirador del cante por soleá y fandangos de Antonio Núñez Chocolate. “Y de todos los antiguos”, matiza, “pues es de quienes se aprende: Tía Anica La Piriñaca, Fernanda y Bernarda, Pericón”… Sus más inmediatos compromisos son Pamplona (Sabikerando) y el Café Teatro Luna Negra de Bayona, donde espera repetir su triunfo del pasado año.

Proseguimos la ruta y la ronda de encuentros. En el número 7 de la calle de la Mañueta, en el casco viejo, en una casa que entonces era una posada, nació –como recuerda una placa- el gran Sabicas. El inmueble, lo mismo que la churrería de enfrente, la de la Paulina, que todavía abre en los Sanfermines, ha sobrevivido. Entre la casa natal de Sabicas y la catedral, en un portal de la calle del Carmen, ha abierto hace nada el joven cantaor Jolis Muñoz las puertas de Casa Sabicas, un espacio de cultura que ha de servir como soporte, además de a espectáculos de flamenco, a exposiciones de pintura, tertulias…

Sabicas y la calle de Carmen. ¡Inevitable pensar en la Carmen por excelencia, Carmen Amaya, con quien el Tío Sabas formara un tándem artístico de inmarchitable relumbrón! Jolis y su padre, Chema, anticuario muy conocido, nos enseñan ilusionados el reluciente local horas antes de irse por unos días de vacaciones a Zarauz. El brioso y enduendado eco de Jolis sonará en Flamenco On Fire, en la noche consagrada a los jóvenes talentos de la tierra. Comparecerá no sólo con su grupo habitual, del que es pieza emblemática el guitarrista Pedro Planillo, sino también con la colaboración especial de un grande del baile de nuestro tiempo: Juan Ramírez, con quien está emparentado.

Ricardo gira la llave de contacto y arrancamos hacia Tudela. A la entrada de la villa, me señala un edificio ajardinado en muy buen estado, aunque en apariencia vacío de moradores:

-Esa era la finca de Julián Marín.

¡Julián Marín, que fuera la figura aportada por Navarra al toreo de la década de 1940! Se me reactiva la memoria y me viene a la mente que fue precisamente un percance sufrido en un festival celebrado aquí, en Tudela, y en el que alternó con Marín, Domingo Ortega, Curro Caro y Gitanillo de Triana, lo que acabó con la carrera taurina de mi abuelo. Aparcamos junto a la Taberna Cossío, zaquizamí flamenco con rincón dedicado al espada navarro y donde pronto se nos unen el Tío Selín (José Jiménez) y su gente. Al Tío Selín -presidente de Gaz Kaló– y a su hijo José, guitarrista de rotundas yemas, se les iluminan los ojos al hablar de Marín:

-¡No le gustaba nada una juerga! ¡Moría con el flamenco! En su casa estuvieron de fiesta Caracol, Farina… ¡Los mejores!

Tío Selín –la pureza y calidad de cuyo cante son leyenda entre los gitanos del norte- actuó de joven en Los Canasteros, el célebre tablao de Caracol, pero rechazó quedarse con otro contrato más largo por no gustarle la vida de artista y no querer pasar demasiado tiempo lejos de la familia.

-Por aquí –cuenta- hacemos a veces cosas concretas: las misas flamencas, que gustan muchísimo, o alguna actuación con mi nieta Alba, que es bailaora… Pero siempre juntos, en familia.

En su linaje hubo, no obstante, algún artista de largo recorrido, como el guitarrista El Rubín, que hiciera carrera en Madrid. ¿Cantará el ronco y vital Tío Selín, me pregunto, tan espeluznantemente bien como se dice? Hace poco aceptó desempolvar su vibrante eco para inspirar el baile por siguiriyas de Ramírez, quien, desde luego, no llama para que le cante a cualquiera.

-Mira –me dice el otro hijo del Tío Selín, Juan El Jerikó-… Nos íbamos a una boda de unos familiares a Burgos o donde fuera, y los gitanos le quitaban alguna pieza del coche para que no pudiera marcharse y la fiesta siguiera.

Ya está dicho todo. La memoria de Tío Selín, por si fuera poco, atesora una sabiduría vivencial capaz de eclipsar la erudición del más sesudo de los flamencólogos. Escucharle hablar sobre el macho de cada palo, la transición de la serrana a la soleá o la riqueza de estilos de los aires de Levante es un lujo impagable en una época en la que cualquier conocedor de tres variantes por siguiriyas cree saberlo todo.

Su hijo Jerikó gusta de cantar por palos festeros, pero se siente más en su salsa colaborando en las grabaciones y videos de su sobrino Samuel (Samvel Areh por nombre de guerra), que también nos acompaña y es un artista polifacético cuyas composiciones y montajes –baladas alejadas del flamenco ortodoxo- han hallado un enorme eco en el ciberespacio. Es ya otra generación. Son otros acentos, pero por los que la inspiración artística asoma de inequívoco modo. Entre sorbo y sorbo de café, porque una de las muchas cosas buenas que tiene Navarra es el café, que en todas partes sirven cremoso, como el arroz de Carlos Sola, seguimos hablando de un arco de cantaores que va de Canalejas de Puerto Real a Duquende, de la Repompa a Mercé y de la Fernanda a Potito hasta que, con el bochorno estival ya en declive, se deja caer por la Taberna Cossío Jesús Carbonell.

Fundador del grupo Siroco, tocaor y productor del más reciente álbum de José Parra, es el único artista profesional de una familia gitana en la que, como suele suceder, se canta, toca y baila muy bien. Le conocíamos de vista de Madrid, de Casa Patas, donde anduvo acompañando a la guitarra a Piculabe. Se ha engarzado bien en las atmósferas flamencas de la capital –hablamos con él del disco de Paquete, de la genialidad como compositor de Juan Antonio Salazar, de lo bien que canta Chaleco, del disco que él mismo está produciendo a Ángel Okray…- y es -junto al más veterano Rafa Borja y el también muy joven Berna Vázquez- la gran promesa de la guitarra de una tierra donde suenan también el piano de Javier Vázquez o el violín de Claudia Oses.

Y es, no sabemos por qué, el plañido de un violín el que, justamente, creemos escuchar acompañándonos cuando, a la hora en que la tarde y la noche se funden en un abrazo, el tren deja atrás los andenes y nos alejamos de la Ribera a la que, Dios mediante, nos llevará de vuelta a fines del estío, cuando el repique por soleá de los zapatos de baile de Karime Amaya, que ni por carisma ni estirpe podía faltar en unos carteles consagrados a la figura de Sabicas, romperá en la Ciudadela el fuego de Flamenco On Fire. ¡Hasta entonces!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] JOAQUÍN ALBAICÍN es escritor. VIAJE A LA NAVARRA FLAMENCA publicado en

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